En la Casona de Xicoténcatl se vivió un momento que explica buena parte de la política mexicana actual: la develación del retrato oficial de Gerardo Fernández Noroña, el senador que dice hablar por el pueblo… pero vive como si el pueblo fuera su patrocinador.
El acto fue presentado como un homenaje a la “continuidad institucional” y al “respeto a la memoria histórica”, aunque muchos lo entendieron más bien como un premio a la incongruencia. Porque mientras millones de mexicanos viajan en transporte público, Noroña ya es conocido por subirse a aviones privados y pasearse por destinos europeos que difícilmente aparecen en el presupuesto del ciudadano promedio.
Aun así, su retrato ya cuelga en la galería del Senado, ese espacio reservado para quienes supuestamente han servido con “dignidad y compromiso”. Dignidad para dar discursos encendidos contra la élite, y compromiso (al parecer) con hoteles caros, aeropuertos VIP y la vida que tanto critica en tribuna.
El cuadro no sólo inmortaliza su paso por la presidencia de la Mesa Directiva, también deja constancia de una paradoja muy mexicana: mientras más se grita “soy del pueblo”, más cerca se está del lujo. Y mientras más se insulta a las instituciones, más rápido te hacen un retrato oficial.
