El megáfono oficial nos satura con la misma cantaleta: la feria más grande del país, millones de visitantes y una cartelera internacional histórica.
El aplauso automatizado desde Palacio de Gobierno está a todo lo que da. Pero mientras arriba del escenario del Teatro del Pueblo todo es confeti, reflectores y funcionarios VIP en primera fila, abajo la realidad potosina cuenta otra historia. Una de abusos que ningún ciudadano consciente debería callar.
La Fenapo nació para ser la gran fiesta popular de San Luis Potosí. Hoy, lamentablemente, la convirtieron en una aduana financiera.
Para un comerciante local —un pequeño emprendedor de nuestros barrios— entrar a la feria ya no es una oportunidad de crecimiento. Es una ruleta rusa.
El Patronato cobra los espacios en decenas de miles de pesos. El banderazo de salida es carísimo. A eso súmele mercancía, sueldos, insumos y el viacrucis logístico de cada año.
Pero el verdadero negocio no está en la renta del piso. Lo verdaderamente grave —y que ya es un secreto a voces entre los pasillos— son las denuncias de monopolio inducido.
Los expositores señalan que el Patronato no solo les cobra una fortuna por el espacio. Además, los condicionan a comprar sus insumos y bebidas exclusivamente con los proveedores asignados por la propia organización.
Eso no es “apoyar al comercio local”. Eso es extorsión institucionalizada. Si el Patronato te cobra la entrada al juego, te vende las canicas y encima te dice a quién comprarle el uniforme, la pregunta es obligada: ¿Quién se está haciendo millonario con la feria de los potosinos?
Una cosa es organizar un festejo para el pueblo y otra, muy distinta, es montar una lavandería de imagen pública donde el hilo negro lo pagan los comerciantes arriesgando su patrimonio.
Ahí está el caso de Don Andrés, un potosino de toda la vida que año con año empeña sus ahorros para poner un puesto con la esperanza de salir adelante. Él paga, el visitante paga, ¿y quién gana? Los mismos de siempre.
Que el gobierno no nos venga a presumir la “gratuidad”. Sí, la entrada no cuesta, pero las familias potosinas no cenan boletos de acceso. La gente va con la ilusión de llevar a sus hijos y se topa con precios inflados, estacionamientos abusivos y esquinas donde un refresco cuesta lo de un día de salario mínimo.
La gratuidad es un espejismo si adentro la experiencia es prohibitiva para el bolsillo del trabajador.
A la Fenapo no se le puede evaluar midiendo los decibelios del concierto de moda. Se tiene que evaluar preguntándole al tianguista, al que vende tacos, al padre de familia: ¿A ti cómo te fue? ¿Tu cartera sintió el beneficio?
Porque si el Teatro del Pueblo está lleno de creadores de contenido pagados con nuestros impuestos, pero el pequeño comerciante apenas sale tablas; si la entrada es libre pero salir de ahí implica empeñar la quincena, entonces hay que decir la verdad sin miedo: tenemos una feria cada vez más ostentosa, pero un beneficio cada vez más raquítico para San Luis.
Engordar la cartera de artistas internacionales con dinero público no es desarrollo. Presumir récords de asistencia no responde a la pregunta de fondo: ¿Cuántos de esos millones de la supuesta derrama económica se quedan realmente en las manos de las familias potosinas y cuántos se van a las cuentas de los intermediarios consentidos del estado?
La Fenapo puede ser un gran negocio para el Patronato y un excelente set de fotografía para el gobernador en turno. Pero está dejando de ser la feria de todos. Se está convirtiendo en el club privado de los que pueden pagarla.
Por eso, cuando nos saturen con boletines oficiales de récords históricos, recuerde la realidad de los pasillos: el expositor asume el riesgo, el ciudadano empeña la quincena y los de arriba monopolizan las ganancias. Una feria no es mejor por traer artistas caros con el dinero de sus impuestos. La Fenapo dejará de ser un engaño el día en que el comerciante local vuelva a sonreír al cerrar su caja.
Mientras tanto, que no nos vendan gato por liebre: esto no es una fiesta popular, es un club privado financiado por todos los potosinos.P.D. Dicen que los baños de la feria estaban tan limpios como las cuentas del Patronato. Es decir, pura fachada y un olor que de lejos apesta. Nos leemos en quince días.
