Hay críticas que incomodan. Y está bien que así sea.
En una democracia, los gobiernos están expuestos permanentemente al escrutinio ciudadano. Una obra que no convence, un programa que no funciona, una calle que permanece deteriorada o una decisión que genera molestia deben poder ser cuestionados públicamente. Las redes sociales, para bien o para mal, se han convertido en una de las principales plazas públicas para hacerlo.
Pero hay algo que empieza a llamar la atención en la conversación digital de San Luis Potosí.
Basta con revisar algunas publicaciones para encontrar comentarios que, más allá de cuestionar una acción concreta, parecen tener como único propósito desacreditarla. Hasta ahí, podría decirse, nada extraordinario: las redes están llenas de opiniones, críticas y hasta comentarios malintencionados.
La cuestión cambia un poco cuando uno se detiene a mirar quiénes están haciendo esos comentarios.
Perfiles con uno, cuatro u ocho amigos. Cuentas con poca información pública. Usuarios cuya actividad visible es prácticamente inexistente. Y, en algunos casos, nombres que aparecen de manera recurrente en las conversaciones digitales para cuestionar las acciones de una administración.
¿Son cuentas falsas?
No podemos afirmarlo.
Y sería irresponsable hacerlo sin contar con elementos que permitan comprobar quién creó esos perfiles, quién los administra o si existe una coordinación detrás de ellos.
Pero tampoco sería correcto ignorar el patrón cuando comienza a repetirse.
Comentarios que, vistos de manera aislada, pueden ser simplemente la opinión de cualquier ciudadano. Pero cuando se observan junto con las características de los perfiles y la frecuencia con la que este tipo de cuentas aparece en determinadas publicaciones, inevitablemente surge una pregunta:
¿Estamos frente a crítica ciudadana espontánea o frente a una nueva forma de guerra digital?
La pregunta tampoco surge de la nada.
En la política potosina, las redes sociales se han convertido desde hace tiempo en un terreno de confrontación. Hay medios, periodistas, políticos y gobiernos que han denunciado ataques digitales, campañas de desprestigio y la utilización de cuentas cuya identidad resulta difícil de establecer.
El problema es que las redes sociales permiten algo que hace algunos años habría resultado mucho más complicado: multiplicar una percepción hasta hacerla parecer una opinión generalizada.
Una persona publica una crítica. Otra la replica. Después aparecen diez comentarios similares. Luego veinte reacciones. Y, de pronto, quien observa desde fuera puede tener la impresión de que existe un enorme descontento ciudadano.
Pero, ¿cuántas personas hay realmente detrás de esa conversación?
Esa es la parte difícil de las llamadas guerras digitales: no siempre resulta sencillo distinguir entre una ciudadanía verdaderamente inconforme y una conversación artificialmente amplificada.
Y aquí vale hacer una precisión importante: cuestionar a un gobierno no convierte a nadie en “bot”, “troll” o cuenta falsa. Tener pocos amigos tampoco significa que un perfil sea falso. Una persona puede utilizar Facebook únicamente para informarse, tener su cuenta restringida o simplemente no interesarse por acumular contactos.
Por eso, las capturas que presentamos no son una prueba de que exista una operación coordinada.
Son, en todo caso, un motivo para hacerse preguntas.
Porque si existe una estrategia organizada para inundar publicaciones con comentarios negativos, sería importante conocer quién la coordina y con qué propósito. Pero si no existe, entonces también sería bueno saberlo, porque significaría que estamos simplemente ante una ciudadanía que utiliza las redes para expresar su inconformidad.
Y ambas cosas son completamente diferentes.
Lo que no deberíamos hacer es aceptar automáticamente que cada crítica es una operación política, pero tampoco asumir ingenuamente que todo lo que ocurre en redes sociales es espontáneo.
Hoy la batalla política también se libra detrás de una pantalla.
Ya no se necesitan mítines llenos, espectaculares o grandes estructuras para intentar cambiar una percepción. A veces basta con un teléfono, varias cuentas y suficiente tiempo para dejar comentarios, reaccionar y compartir.
¿Quién está detrás de algunos de estos perfiles?
Por ahora, no lo sabemos.
Y precisamente por eso la pregunta permanece abierta.
